El fenómeno migratorio no
escapa a las iglesias evangélicas o protestantes, todo lo contrario. Hay una
estrecha relación entre religión y migración, que se evidencia en los vínculos
que mantienen los migrantes con sus pueblos natales, pero sobre todo con sus fiestas
religiosas o patronales. Vínculos que se
manifiestan, o bien en las remesas cuyo destino es el financiamiento de una
festividad de este tipo, o bien en la asistencia misma al evento.
Tal es el caso de la
iglesia La Luz del Mundo, cuya sede internacional se encuentra en la colonia
Hermosa Provincia en el oriente de la ciudad de Guadalajara. Su festividad más
importante es la “Santa Cena”, magna celebración donde se dan cita cientos de
miles de personas provenientes de todas partes del mundo, año con año en el mes
de Agosto. La Santa Convocación, como también le llaman, no sólo deja una gran
derrama económica en la ciudad. Con ella también se quedan de forma a veces temporal,
a veces permanente, algunos miembros de la congregación, en la que consideran “La
ciudad del gran Rey”, “El gozo de toda la tierra”. Connotaciones que no únicamente
hacen referencia a la ciudad de Guadalajara, sino en específico a ese espacio
geográfico donde tiene lugar el enorme templo de singular arquitectura que
puede avistar el tapatío común desde algunos puntos de la ciudad. Se trata de
la Hermosa Provincia, centro neurálgico de la iglesia mexicana, que se ha
expandido a más de treinta países alrededor del orbe y cuya membrecía ronda los
cinco millones de feligreses, según datos oficiales.
Para el miembro de LLDM,
el encuentro no reúne personas de diferentes
nacionalidades, con diferentes culturas. Lo que reúne en realidad son “hermanos
en Cristo” que están separados geográficamente pero unidos en el espíritu. La
pertenencia a la congregación y la convicción de una misma fe, trasciende la
nacionalidad, la lengua, el color de piel. En la Hermosa Provincia, los
hermanos son uno mismo. Su ciudadanía no se circunscribe a este mundo. Son
ciudadanos de un mismo reino espiritual al que accederán una vez acabado el
peregrinaje aquí en la tierra. El mundo no es su hogar, las cuestiones
materiales son pasajeras. Para el hermano argentino su connacional no es su
vecino en Buenos Aires, sino el hermano de la sierra oaxaqueña al que solo ve
una vez al año en el mes de Agosto. Su patria está en el cielo, esperando el
momento en que ha de reunir a todos sus habitantes.
Una vez terminada la
festividad, los hermanos regresan a sus respectivos lugares de origen. Comienza
un nuevo año espiritual, y comienzan también desde ya, los ahorros y los
preparativos para poder acudir a la siguiente Santa Cena. Los que les dieron
permiso de faltar en su trabajo en los días de fiesta, regresan a su labor
cotidiana. Los que no les dieron permiso y se fueron de todos modos, tienen que
buscar un nuevo empleo que les permita, además de ganarse el sustento diario,
la posibilidad de acudir a la próxima edición de la cena del Señor. La
prioridad es una para los que tienen bien cimentada su fe: servir a Dios. Y el servicio
a Dios encuentra su cúspide en la asistencia y participación de la Santa Cena.
Para aquellos a los que por
las condiciones de la vida misma, o las restricciones en cuanto a la visa, les
fue imposible acudir a Guadalajara, existe la posibilidad de participar en una de las Santas Cenas regionales que
empezaron a organizarse una vez que el tamaño de la iglesia hizo imposible la participación
de todos los miembros en una sola sede. Pero eso no basta. Todo miembro tiene
la ilusión de acudir a la Hermosa Provincia en Agosto a “la fiesta más grande
de toda la tierra”. Para ello se preparan durante todo el año. Los principales esfuerzos
materiales se dirigen en ese sentido y no hay descanso hasta alcanzarlo. En
cuanto a los que se quedaron a vivir en Guadalajara, aunque sea por una temporada,
les espera el mayor gozo espiritual al que puede aspirar un miembro. Estamos
hablando de la fuente inagotable de donde emana paz, sabiduría y amor.
Cuando a un creyente del
lugar que sea, le surge una oportunidad laboral en otra ciudad o país, el
primer factor a considerar es, si en dicho lugar existe una iglesia de LLDM a
la cual poder acudir regularmente una vez instalado allí. Siguiendo el orden
acostumbrado, pide permiso a la autoridad eclesiástica correspondiente, y
emprende el viaje. Toda decisión de migrar, pues, pone en consideración en
primerísimo lugar, el aspecto religioso. Incluso en unas simples vacaciones,
no es raro pensar en la posibilidad de seleccionar un destino que cuente con un
recinto de adoración que permita no descuidar las obligaciones diarias del buen
cristiano.
Sin embargo, el flujo
migratorio más importante se da, sin lugar a dudas, en los ministros de la
iglesia. Es en este nicho en particular donde se aprecia de mejor manera el
fenómeno tanto cuantitativa como cualitativamente. Son más de mil los ministros
con los que cuenta LLDM. A diferencia de los curas católicos, que pueden pasar
la vida entera en una misma parroquia, estos tienen una duración de máximo tres
años al frente de cada iglesia. Razón por la cual están en constante
movimiento. Los cambios se anuncian públicamente en las fiestas de la iglesia
como la ya descrita Santa Cena. Ahí es donde el ministro se da cuenta de que va
a ser “cambiado” a otro lugar a partir de ese momento. La serie de implicaciones que significan
dichos cambios para la vida del ministro y de su familia, pueden ser de gran interés
sociológico. Los niños apenas se podrían estar adaptando en una escuela, cuando
tienen que ser inscritos a otra en un lugar con una cultura potencialmente
distinta. Las implicaciones pueden ser muchas y muy variadas. He ahí un
fenómeno harto explorable esperando ser indagado.
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