Civilización y barbarie: unicidad
Todo deviene en forma. Tal y como
sucede en “La vuelta del malón”, el arte personificando dos conceptos que al
mismo tiempo son uno, la civilización y la barbarie. El arte expresando un
poder desestructurante, haciendo más tolerable nuestra existencia: …“Me escapaba
del cóctel, del gentío, o aprovechaba cuando iba al baño y me quedaba cinco
minutos a solas con ella, con la cautiva. Tal vez buscando refugio en su dolor,
en su belleza, en su destino trágico. Un respiro. Una bocanada de aire para
calmar la angustia”. [1] El
arte mediando en nuestro conocimiento y comprensión de la vida, de la ciencia,
de la moral, ya que es la única forma de conocer, ver la ciencia con la óptica del artista, y el arte, con la de la vida…[2]. Necesitamos del arte para hacer
posible la vida, para contemplar ficción y placer, y ya no observar verdad y
dolor. Hacer semejante transformación se alcanza sólo teniendo como resultado la forma. El dolor de
la existencia, tal y como sucede en “La Vuelta del Malón”, sí puede redimirse
en el arte.
Todo es uno, nos dice. La vida es como una fuente eterna que
constantemente produce individuaciones y que, produciéndolas, se desgarra a sí
misma. Por ello es la vida dolor y sufrimiento: el dolor y el sufrimiento de quedar
despedazado lo Uno primordial. Pero a la vez la vida tiende a reintegrarse, a
salir de su dolor y reconcentrarse en su unidad primera. Y esa reunificación se
produce con la muerte, con la aniquilación de las individualidades. (…) La vida
es, pues, el comienzo de la muerte, pero la muerte es la condición de nueva
vida. La ley eterna de las cosas se cumple en el devenir constante. No hay
culpa, ni en consecuencia redención, sino la inocencia del devenir. (…) El
pensamiento trágico es la intuición de la unidad de todas las cosas y su afirmación
consiguiente: la afirmación de la vida y de la muerte, de la unidad y de la
separación. Más no una afirmación heroica o patética, no una afirmación
titánica o divina, sino la afirmación del niño de Heráclito, que juega junto al
mar.[3] En este momento siento, muy
en palabras de Nietzsche, que la verdad se aparece como un rayo. Que hay tanto por decir respecto de esta
obra, pero podría decirse en tan poco.
¿Civilización vs barbarie, o estos dos como unidad? Es tan difícil
separar estas dos (una) ideas unidas, pero a la vez es inevitable ya que en
este todo los distintos imponen su diferencia. Puesto que después
de haber escuchado no a mí sino al Logos es sabio aceptar que todo es uno[4],
me atrevo a decir que es una fuerza desdoblada en dos tensiones, en
constante pelea y en constante armonía, que tienden a la unicidad pero que
ninguna puede sobrepasar a la otra, ya que la
armonía consiste en tensiones opuestas, como la del arco y la lira.[5]
(…) Con sus dos divinidades artísticas, Apolo y Dioniso, se
enlaza nuestro conocimiento de que en el mundo griego subsiste una antítesis
enorme, en cuanto a origen y metas, entre el arte del escultor, arte apolíneo,
y el arte no-escultórico de la música, que es el arte de Dioniso: esos dos
instintos tan diferentes marchan uno al lado del otro, casi siempre en abierta
discordia entre sí y excitándose mutuamente a dar a luz frutos nuevos y cada
vez más vigorosos, para perpetuar en ellos la lucha de aquella antítesis sobre
la cual sólo en apariencia tiende un puente la común palabra “arte”: hasta que,
finalmente, por un milagroso acto metafísico de la “voluntad” helénica, se
muestran apareados entre sí, y en ese apareamiento acaban engendrando la obra
de arte a la vez dionisíaca y apolínea de la tragedia ática.[6] Son también instintos tan
diferentes que marchan uno al lado del otro los conceptos de Civilización y
Barbarie, que parece además hasta imposible marcar un límite entre ellos. Se
supone que uno empieza donde termina el otro, pero me pregunto dónde termina…Tenemos
en nuestro imaginario colectivo y en nuestro sentido común impuesto a la
civilización como “bueno” y a la barbarie como “malo”, uno como un positivo y
el otro como indefectiblemente negativo. Pero casi sin esfuerzo se puede
develar el secreto: todos somos algo bárbaros y algo civilizados. ¿O es acaso
que el primero que fue bárbaro escribió la historia y se puso en lugar del
civilizado?
Facundo no ha muerto; está vivo en Rosas, su heredero, su
complemento: su alma ha pasado a este otro molde, más acabado, más perfecto; y
lo que en él era sólo instinto, iniciación, tendencia, convirtiose en Rosas en
sistema, efecto y fin; la naturaleza campestre, colonial y bárbara, cambiose en
esta metamorfosis en arte, en sistema y en política regular capaz de
presentarse a la faz del mundo como el modo de ser de un pueblo encarnado en un
hombre que ha aspirado a tomar los aires de un genio que domina los
acontecimientos, los hombres y las cosas, Facundo, provinciano, bárbaro,
valiente, audaz, fue reemplazado por Rosas, hijo de la culta Buenos Aires, sin
serlo él; por Rosas, falso, corazón helado, espíritu calculador, que hace el
mal sin pasión, y organiza lentamente el despotismo con toda la inteligencia de
un Maquiavelo.[7] Sarmiento, siendo pionero en
el planteo de esta dicotomía, ayuda a despejar la duda. Deja entrever cómo
estos conceptos fluyen el uno con el otro, siendo uno y siendo un todo a la
vez. Que no es tarea simple (o alcanzable) definir a cada uno de ellos
individualmente, y que mucho tiene que ver desde dónde se mire y desde dónde se
escriba. Deja entrever, por medio de
esta breve caracterización de Facundo Quiroga y de Juan Manuel de Rosas, que
tanto en uno como en otro hay elementos de civilización y elementos de
barbarie; que van de la mano, que son por ser unidos. (Claro que en opinión del
autor, Facundo Quiroga es el personaje
histórico más singular, más notable que puede presentarse a la contemplación de
los hombres que comprenden que un caudillo que encabeza un gran movimiento
social no es más que el espejo en que se reflejan en dimensiones colosales las
creencias, las necesidades preocupaciones y hábitos de una nación en una época
dada de su historia.[8] Y referente a Rosas, expresa que la [9]
historia de la tiranía de Rosas es la más solemne, la más sublime y la más
triste página de la especie humana, tanto para los pueblos que de ella han sido
víctimas como para las naciones, gobiernos y políticos europeos o americanos
que han sido actores en el drama o testigos interesados. )
Estos opuestos forman unidad armónica
pero no estática, son tensiones y
oposiciones que se renuevan de continuo y que nunca dejarán de existir[10]. Podemos ver esto ejemplificado en las
diversas significaciones que se le dieron a ambos conceptos a lo largo de la
historia argentina, observando cómo
atraviesa este binomio la misma, más específicamente en un tema: los
inmigrantes.
Recordemos una de las premisas
expresadas en la Constitución de 1953, que marcaba la necesidad de recibir a
los inmigrantes cuando Argentina estaba en vísperas de formarse Estado nacional
(1880). Puede sonar extraño generar una constitución sin aun tener formado un
“país real” donde aplicarla, pero no en este caso, ya que para esa misma
formación eran llamados y bienvenidos “todos
los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino”, es decir los
inmigrantes “invisibles” que Sarmiento y Alberdi habían soñado sajones,
industriosos y portadores de una tradición liberal que se ajustara a la
definición constitucional que el país había adoptado.[11]
Se esperaban personas que vinieran a hacer trabajos de labranza de la
tierra, de mejora de las industrias y al mismo tiempo cultas para que enseñen
ciencias y arte. Se esperaba acabar con la barbarie de Rosas y demostrar que
América formaba parte del mundo civilizado.
Se esperaba poblar el “desierto” al que hace referencia constante
Sarmiento en el Facundo, llenar ese “espacio vacío” que se veía en el
territorio argentino; pero se veía tal cosa por no mirar, ya que esa extensión
era hogar de indígenas y gauchos que serían desplazados por cultos inmigrantes
europeos, ya que venían a esparcir su civilización a nuestro país. La Constitución argentina se sitúa así en un
punto de inflexión de la historia, punto en el cual el país ha renunciado a su
pasado y se embarca en la conquista del futuro.(…) La Constitución discurre en
el “desierto”, los espacios vacíos, entre la necesidad de “poblar” y las
figuras fantasmáticas de los anglosajones que deben darle cuerpo.[12]
Sí, este era el inmigrante tipo al que el país se abría en aquel entonces,
el “inmigrante imaginario”. Al principio se lo veía únicamente en su dimensión
cultural y política, pero pronto sería tomado en la dimensión material, como
mano de obra, como aquel que venía a realizar los trabajos que el argentino
generalmente no deseaba llevar a cabo, como instrumento
cuyo control ella (la elite dirigente) se aseguraba para el progreso material
de la nación.[13]
Las masas ignorantes representaban,
en aquel momento, la barbarie, chocando con la civilización de la elite
política autóctona. Se puede ver en el
modelo de la República censitaria del
siglo XIX europeo que implementaba la Argentina, que expulsa al pueblo del cuerpo político denegándole el derecho a la
participación, fue el punto de referencia de la elite política de esa época. La
Constitución del 53 es en ello explícita: la separación entre el ciudadano y el
habitante, la distinción entre libertad política y libertad civil, traduce la
desconfianza de una elite dirigente hacia las masas consideradas como incapaces
de discernir lo conveniente para el bien de la república.[14]
Pasó este inmigrante esperado, de ser
figura del progreso a ser encarnación de la barbarie. De personificar trabajo y
cultura a ser “lo más atrasado de Europa…”. La Argentina tenía entonces
“República sin ciudadanos” y “ciudadanos sin patria”. Pero esto no fue todo. No
solo no fue la herramienta “títere” que esperaba la elite, sino que el
inmigrante crearía desde su arribo al
país sociedades de resistencia y asociaciones mutuales,[15]
que funcionarían, además de instrumento de defensa comunitaria y más tarde
política, como espacios al servicio de la perpetuación de instrumentos
culturales de cada país de donde él era proveniente (por ejemplo para que no se
pierdan la lengua ni la cultura italianas). Pasó el “inmigrante imaginario” a ser
“inmigrante real”. (…) en 1888, aparece
por primera vez en un discurso presidencial la discriminación entre un
inmigrante “elemento de prosperidad” y otro “perturbador del orden público”.[16]
Asimismo, Argentina pretendía también
conservar sus tradiciones y su “ser nacional” que, a los ojos de la elite
dominante de la época, desvanecía ante el actuar de los inmigrantes, en su
intento por no perder sus raíces en el país. El gaucho desaparecía tras el
desierto, vencido por el inmigrante ¿Pero no es acaso, sino esperable
comprensible, que aquellos que vienen a “poblar el desierto” pretendan traer
consigo y conservar sus tradiciones, más aun cuando en su nueva tierra no son
bienvenidos como ciudadanos civiles y políticos?
¿No es el mismo proceder el que
repasamos en estas páginas el que llevamos adelante en la actualidad con
respecto a la inmigración?
¿Qué es civilización? ¿Abrir las
puertas de un país para el trabajo y no para la vivienda?, ¿para ser pero no
para pertenecer?, ¿para no pertenecer ni dejar ser lo que se trae?
¿Es barbarie tomar un predio para
buscar un techo? ¿Buscar el futuro cruzando las propias fronteras? ¿Migrar a un
país deseando formar parte de él?, ¿esperando poder utilizar sus sistemas de
salud y educación?
Por último, ¿no es exactamente esto
lo que hacemos nosotros, los argentinos, cuando vamos en busca de un porvenir
al exterior?
A veces pienso que barbarie y civilización
son uno, ya que no podría existir el primero sin el segundo.
Quizá
de alguna manera somos esclavos de todo este engaño. Quizá no haya barbarie ni
civilización ni verdad. O exista más de una verdad, dependiendo de dónde se
encuentre uno.
Se nos impone la civilización como lo
positivo, sí. Es parte de la triste reproducción continua del sistema en el que
vivimos. Más bien yo veo “bárbaros” creyendo ser lo que entienden por
civilizados, rodeados de un constante gran engaño del que no son capaces de
escapar.
Bibliografía
- Marcos López, 2004, Para
suplemento Ñ – diario Clarín, Acerca de una obra de arte favorita, Obra
“La vuelta del malón”, Buenos Aires.
- Friedrich Nietzsche, 2007, “El
nacimiento de la tragedia”, Buenos Aires, Editorial Alianza.
- Alfredo Llanos, “Los
Presocráticos y sus Fragmentos, desde los Milesios hasta los Sofistas del
Siglo V”, Buenos Aires, Editorial Juarez.
- Diógenes Laercio, “Vidas,
Opiniones y Sentencias de los Filósofos más ilustres”, Buenos Aires, Editorial El Ateneo.
- Maristella Svampa, 2010 , “El dilema argentino:
civilización o barbarie”, Buenos Aires , Editorial Turus.
- Domingo Faustino Sarmiento,
2009, “Facundo”, Buenos Aires, Editorial Beeme.
[1] Artículo de Marcos López el para Suplemento Ñ, diario Clarín, “Acerca
de una obra de arte favorita, Obra La
vuelta del Malón”, 2004.
[2] Friedrich Nietzsche, 2007, Ensayo de autocrítica pág. 28, “El
nacimiento de la tragedia”, Buenos Aires, Editorial Alianza.
[3] Nietzsche, 2007, Introducción por Andrés Sánchez Pascual pág. 18-19,
“El nacimiento de la tragedia”, Buenos Aires, Editorial Alianza.
[4] Alfredo Llanos, Fragmento de Heráclito pág. 110, de “Los Presocráticos
y sus Fragmentos”, Buenos Aires,
Editorial Juarez.
[5] Alfredo Llanos, Fragmento de Heráclito pág. 110, de “Los Presocráticos
y sus Fragmentos”, Buenos Aires,
Editorial Juarez.
[6] Nietzsche, 2007, Capítulo 1 pág. 40-41, “El Nacimiento de la
Tragedia”, Editorial Alianza.
[7] Domingo Faustino Sarmiento, Introducción del Facundo, cita en pág.
9-10, 2009, Ed. Beeme.
[8] Domingo Faustino Sarmiento, Introducción del Facundo, cita en pág.
16-17, 2009, Ed. Beeme.
[9] Domingo Faustino Sarmiento, Introducción del Facundo, cita en pág. 21,
2009, Ed. Beeme.
[10] Alfredo Llanos, pág. 103, de “Los Presocráticos y sus Fragmentos”,
Buenos Aires, Editorial Juarez.
[11] Maristella Svampa, Primera parte, capítulo 3 cita en pá. 47 de “El
Dilema Argentino: Civilización o Barbarie”, 2010, Ed. Taurus.
[12] Maristella Svampa, Primera parte, capítulo 3 cita en pág. 48 de “El
Dilema Argentino: Civilización o Barbarie”, 2010, Ed. Taurus.
[13] Maristella Svampa, Segunda parte, capítulo 1 cita en pág. 90 de “El
Dilema Argentino: Civilización o Barbarie”, 2010, Ed. Taurus.
[14] Maristella Svampa, Primera parte, capítulo 3 cita en pág. 49 de “El
Dilema Argentino: Civilización o Barbarie”, 2010, Ed. Taurus.
[15] Maristella Svampa, Segunda parte, capítulo 1 cita en pág. 95 de “El
Dilema Argentino: Civilización o Barbarie”, 2010, Ed. Taurus.
[16] Maristella Svampa, Segunda parte, capítulo 1, apartado 3 cita en pág.
97 de “El Dilema Argentino: Civilización o Barbarie”, 2010, Ed. Taurus.