lunes, 16 de diciembre de 2013

Civilización y barbarie: unicidad


Civilización y barbarie: unicidad

Todo deviene en forma. Tal y como sucede en “La vuelta del malón”, el arte personificando dos conceptos que al mismo tiempo son uno, la civilización y la barbarie. El arte expresando un poder desestructurante, haciendo más tolerable nuestra existencia: …“Me escapaba del cóctel, del gentío, o aprovechaba cuando iba al baño y me quedaba cinco minutos a solas con ella, con la cautiva. Tal vez buscando refugio en su dolor, en su belleza, en su destino trágico. Un respiro. Una bocanada de aire para calmar la angustia”. [1] El arte mediando en nuestro conocimiento y comprensión de la vida, de la ciencia, de la moral, ya que es la única forma de conocer, ver la ciencia con la óptica del artista, y el arte, con la de la vida…[2]. Necesitamos del arte para hacer posible la vida, para contemplar ficción y placer, y ya no observar verdad y dolor. Hacer semejante transformación se alcanza sólo  teniendo como resultado la forma. El dolor de la existencia, tal y como sucede en “La Vuelta del Malón”, sí puede redimirse en el arte.

Todo es uno, nos dice. La vida es como una fuente eterna que constantemente produce individuaciones y que, produciéndolas, se desgarra a sí misma. Por ello es la vida dolor y sufrimiento: el dolor y el sufrimiento de quedar despedazado lo Uno primordial. Pero a la vez la vida tiende a reintegrarse, a salir de su dolor y reconcentrarse en su unidad primera. Y esa reunificación se produce con la muerte, con la aniquilación de las individualidades. (…) La vida es, pues, el comienzo de la muerte, pero la muerte es la condición de nueva vida. La ley eterna de las cosas se cumple en el devenir constante. No hay culpa, ni en consecuencia redención, sino la inocencia del devenir. (…) El pensamiento trágico es la intuición de la unidad de todas las cosas y su afirmación consiguiente: la afirmación de la vida y de la muerte, de la unidad y de la separación. Más no una afirmación heroica o patética, no una afirmación titánica o divina, sino la afirmación del niño de Heráclito, que juega junto al mar.[3] En este momento siento, muy en palabras de Nietzsche, que la verdad se aparece como un rayo.  Que hay tanto por decir respecto de esta obra, pero podría decirse en tan poco.  ¿Civilización vs barbarie, o estos dos como unidad? Es tan difícil separar estas dos (una) ideas unidas, pero a la vez es inevitable ya que en este todo los distintos imponen su diferencia.  Puesto que después de haber escuchado no a mí sino al Logos es sabio aceptar que todo es uno[4], me atrevo a decir que es una fuerza desdoblada en dos tensiones, en constante pelea y en constante armonía, que tienden a la unicidad pero que ninguna puede sobrepasar a la otra, ya que la armonía consiste en tensiones opuestas, como la del arco y la lira.[5]

(…) Con sus dos divinidades artísticas, Apolo y Dioniso, se enlaza nuestro conocimiento de que en el mundo griego subsiste una antítesis enorme, en cuanto a origen y metas, entre el arte del escultor, arte apolíneo, y el arte no-escultórico de la música, que es el arte de Dioniso: esos dos instintos tan diferentes marchan uno al lado del otro, casi siempre en abierta discordia entre sí y excitándose mutuamente a dar a luz frutos nuevos y cada vez más vigorosos, para perpetuar en ellos la lucha de aquella antítesis sobre la cual sólo en apariencia tiende un puente la común palabra “arte”: hasta que, finalmente, por un milagroso acto metafísico de la “voluntad” helénica, se muestran apareados entre sí, y en ese apareamiento acaban engendrando la obra de arte a la vez dionisíaca y apolínea de la tragedia ática.[6] Son también instintos tan diferentes que marchan uno al lado del otro los conceptos de Civilización y Barbarie, que parece además hasta imposible marcar un límite entre ellos. Se supone que uno empieza donde termina el otro, pero me pregunto dónde termina…Tenemos en nuestro imaginario colectivo y en nuestro sentido común impuesto a la civilización como “bueno” y a la barbarie como “malo”, uno como un positivo y el otro como indefectiblemente negativo. Pero casi sin esfuerzo se puede develar el secreto: todos somos algo bárbaros y algo civilizados. ¿O es acaso que el primero que fue bárbaro escribió la historia y se puso en lugar del civilizado?

Facundo no ha muerto; está vivo en Rosas, su heredero, su complemento: su alma ha pasado a este otro molde, más acabado, más perfecto; y lo que en él era sólo instinto, iniciación, tendencia, convirtiose en Rosas en sistema, efecto y fin; la naturaleza campestre, colonial y bárbara, cambiose en esta metamorfosis en arte, en sistema y en política regular capaz de presentarse a la faz del mundo como el modo de ser de un pueblo encarnado en un hombre que ha aspirado a tomar los aires de un genio que domina los acontecimientos, los hombres y las cosas, Facundo, provinciano, bárbaro, valiente, audaz, fue reemplazado por Rosas, hijo de la culta Buenos Aires, sin serlo él; por Rosas, falso, corazón helado, espíritu calculador, que hace el mal sin pasión, y organiza lentamente el despotismo con toda la inteligencia de un Maquiavelo.[7] Sarmiento, siendo pionero en el planteo de esta dicotomía, ayuda a despejar la duda. Deja entrever cómo estos conceptos fluyen el uno con el otro, siendo uno y siendo un todo a la vez. Que no es tarea simple (o alcanzable) definir a cada uno de ellos individualmente, y que mucho tiene que ver desde dónde se mire y desde dónde se escriba. Deja entrever,  por medio de esta breve caracterización de Facundo Quiroga y de Juan Manuel de Rosas, que tanto en uno como en otro hay elementos de civilización y elementos de barbarie; que van de la mano, que son por ser unidos. (Claro que en opinión del autor, Facundo Quiroga es el personaje histórico más singular, más notable que puede presentarse a la contemplación de los hombres que comprenden que un caudillo que encabeza un gran movimiento social no es más que el espejo en que se reflejan en dimensiones colosales las creencias, las necesidades preocupaciones y hábitos de una nación en una época dada de su historia.[8] Y referente a Rosas, expresa que la [9] historia de la tiranía de Rosas es la más solemne, la más sublime y la más triste página de la especie humana, tanto para los pueblos que de ella han sido víctimas como para las naciones, gobiernos y políticos europeos o americanos que han sido actores en el drama o testigos interesados. )

Estos opuestos forman unidad armónica pero no estática, son tensiones y oposiciones que se renuevan de continuo y que nunca dejarán de existir[10].  Podemos ver esto ejemplificado en las diversas significaciones que se le dieron a ambos conceptos a lo largo de la historia argentina,  observando cómo atraviesa este binomio la misma, más específicamente en un tema: los inmigrantes.

Recordemos una de las premisas expresadas en la Constitución de 1953, que marcaba la necesidad de recibir a los inmigrantes cuando Argentina estaba en vísperas de formarse Estado nacional (1880). Puede sonar extraño generar una constitución sin aun tener formado un “país real” donde aplicarla, pero no en este caso, ya que para esa misma formación eran llamados y bienvenidos “todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino”, es decir los inmigrantes “invisibles” que Sarmiento y Alberdi habían soñado sajones, industriosos y portadores de una tradición liberal que se ajustara a la definición constitucional que el país había adoptado.[11] Se esperaban personas que vinieran a hacer trabajos de labranza de la tierra, de mejora de las industrias y al mismo tiempo cultas para que enseñen ciencias y arte. Se esperaba acabar con la barbarie de Rosas y demostrar que América formaba parte del mundo civilizado.  Se esperaba poblar el “desierto” al que hace referencia constante Sarmiento en el Facundo, llenar ese “espacio vacío” que se veía en el territorio argentino; pero se veía tal cosa por no mirar, ya que esa extensión era hogar de indígenas y gauchos que serían desplazados por cultos inmigrantes europeos, ya que venían a esparcir su civilización a nuestro país. La Constitución argentina se sitúa así en un punto de inflexión de la historia, punto en el cual el país ha renunciado a su pasado y se embarca en la conquista del futuro.(…) La Constitución discurre en el “desierto”, los espacios vacíos, entre la necesidad de “poblar” y las figuras fantasmáticas de los anglosajones que deben darle cuerpo.[12] Sí, este era el inmigrante tipo al que el país se abría en aquel entonces, el “inmigrante imaginario”. Al principio se lo veía únicamente en su dimensión cultural y política, pero pronto sería tomado en la dimensión material, como mano de obra, como aquel que venía a realizar los trabajos que el argentino generalmente no deseaba llevar a cabo, como instrumento cuyo control ella (la elite dirigente) se aseguraba para el progreso material de la nación.[13]

Las masas ignorantes representaban, en aquel momento, la barbarie, chocando con la civilización de la elite política autóctona. Se puede ver en el modelo de la República censitaria del siglo XIX europeo que implementaba la Argentina, que expulsa al pueblo del cuerpo político denegándole el derecho a la participación, fue el punto de referencia de la elite política de esa época. La Constitución del 53 es en ello explícita: la separación entre el ciudadano y el habitante, la distinción entre libertad política y libertad civil, traduce la desconfianza de una elite dirigente hacia las masas consideradas como incapaces de discernir lo conveniente para el bien de la república.[14]

Pasó este inmigrante esperado, de ser figura del progreso a ser encarnación de la barbarie. De personificar trabajo y cultura a ser “lo más atrasado de Europa…”. La Argentina tenía entonces “República sin ciudadanos” y “ciudadanos sin patria”. Pero esto no fue todo. No solo no fue la herramienta “títere” que esperaba la elite, sino que el inmigrante crearía desde su arribo al país sociedades de resistencia y asociaciones mutuales,[15] que funcionarían, además de instrumento de defensa comunitaria y más tarde política, como espacios al servicio de la perpetuación de instrumentos culturales de cada país de donde él era proveniente (por ejemplo para que no se pierdan la lengua ni la cultura italianas).  Pasó el “inmigrante imaginario” a ser “inmigrante real”. (…) en 1888, aparece por primera vez en un discurso presidencial la discriminación entre un inmigrante “elemento de prosperidad” y otro “perturbador del orden público”.[16]

Asimismo, Argentina pretendía también conservar sus tradiciones y su “ser nacional” que, a los ojos de la elite dominante de la época, desvanecía ante el actuar de los inmigrantes, en su intento por no perder sus raíces en el país. El gaucho desaparecía tras el desierto, vencido por el inmigrante ¿Pero no es acaso, sino esperable comprensible, que aquellos que vienen a “poblar el desierto” pretendan traer consigo y conservar sus tradiciones, más aun cuando en su nueva tierra no son bienvenidos como ciudadanos civiles y políticos?  

¿No es el mismo proceder el que repasamos en estas páginas el que llevamos adelante en la actualidad con respecto a la inmigración?

¿Qué es civilización? ¿Abrir las puertas de un país para el trabajo y no para la vivienda?, ¿para ser pero no para pertenecer?, ¿para no pertenecer ni dejar ser lo que se trae? 

¿Es barbarie tomar un predio para buscar un techo? ¿Buscar el futuro cruzando las propias fronteras? ¿Migrar a un país deseando formar parte de él?, ¿esperando poder utilizar sus sistemas de salud y educación?

Por último, ¿no es exactamente esto lo que hacemos nosotros, los argentinos, cuando vamos en busca de un porvenir al exterior?

A veces pienso que barbarie y civilización son uno, ya que no podría existir el primero sin el segundo.

            Quizá de alguna manera somos esclavos de todo este engaño. Quizá no haya barbarie ni civilización ni verdad. O exista más de una verdad, dependiendo de dónde se encuentre uno.

Se nos impone la civilización como lo positivo, sí. Es parte de la triste reproducción continua del sistema en el que vivimos. Más bien yo veo “bárbaros” creyendo ser lo que entienden por civilizados, rodeados de un constante gran engaño del que no son capaces de escapar.

 

 

 

Bibliografía

  • Marcos López, 2004, Para suplemento Ñ – diario Clarín, Acerca de una obra de arte favorita, Obra “La vuelta del malón”, Buenos Aires.

 

  • Friedrich Nietzsche, 2007, “El nacimiento de la tragedia”, Buenos Aires, Editorial Alianza.

 

  • Alfredo Llanos, “Los Presocráticos y sus Fragmentos, desde los Milesios hasta los Sofistas del Siglo V”, Buenos Aires, Editorial Juarez.

 

  • Diógenes Laercio, “Vidas, Opiniones y Sentencias de los Filósofos más ilustres”,  Buenos Aires, Editorial El Ateneo.

 

  • Maristella Svampa,  2010 , “El dilema argentino: civilización o barbarie”, Buenos Aires , Editorial Turus.

 

  • Domingo Faustino Sarmiento, 2009, “Facundo”, Buenos Aires, Editorial Beeme.

 

 

 

 



[1] Artículo de Marcos López el para Suplemento Ñ, diario Clarín, “Acerca de una obra de arte favorita, Obra La vuelta del Malón”, 2004.
[2] Friedrich Nietzsche, 2007, Ensayo de autocrítica pág. 28, “El nacimiento de la tragedia”, Buenos Aires, Editorial Alianza.
[3] Nietzsche, 2007, Introducción por Andrés Sánchez Pascual pág. 18-19, “El nacimiento de la tragedia”, Buenos Aires, Editorial Alianza.
[4] Alfredo Llanos, Fragmento de Heráclito pág. 110, de “Los Presocráticos y sus Fragmentos”, Buenos  Aires, Editorial Juarez.
[5] Alfredo Llanos, Fragmento de Heráclito pág. 110, de “Los Presocráticos y sus Fragmentos”, Buenos  Aires, Editorial Juarez.
[6] Nietzsche, 2007, Capítulo 1 pág. 40-41, “El Nacimiento de la Tragedia”, Editorial Alianza.
[7] Domingo Faustino Sarmiento, Introducción del Facundo, cita en pág. 9-10, 2009, Ed. Beeme.
[8] Domingo Faustino Sarmiento, Introducción del Facundo, cita en pág. 16-17, 2009, Ed. Beeme.
[9] Domingo Faustino Sarmiento, Introducción del Facundo, cita en pág. 21, 2009, Ed. Beeme.
[10] Alfredo Llanos, pág. 103, de “Los Presocráticos y sus Fragmentos”, Buenos  Aires, Editorial Juarez.
 
[11] Maristella Svampa, Primera parte, capítulo 3 cita en pá. 47 de “El Dilema Argentino: Civilización o Barbarie”, 2010, Ed. Taurus.
[12] Maristella Svampa, Primera parte, capítulo 3 cita en pág. 48 de “El Dilema Argentino: Civilización o Barbarie”, 2010, Ed. Taurus.
[13] Maristella Svampa, Segunda parte, capítulo 1 cita en pág. 90 de “El Dilema Argentino: Civilización o Barbarie”, 2010, Ed. Taurus.
[14] Maristella Svampa, Primera parte, capítulo 3 cita en pág. 49 de “El Dilema Argentino: Civilización o Barbarie”, 2010, Ed. Taurus.
[15] Maristella Svampa, Segunda parte, capítulo 1 cita en pág. 95 de “El Dilema Argentino: Civilización o Barbarie”, 2010, Ed. Taurus.
[16] Maristella Svampa, Segunda parte, capítulo 1, apartado 3 cita en pág. 97 de “El Dilema Argentino: Civilización o Barbarie”, 2010, Ed. Taurus.

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